14 de diciembre de 2009

En tiempo de Navidad

La ciudad florece en diciembre. Se encienden millares de luces que cubren calles, plazas, casas y edificios; en las vitrinas relucen nuevas mercancías de una variedad sin fin; la diversidad de colores y tonalidades llena el horizonte de la mirada; la música ruidosa y alegre alcanza hasta los más ocultos rincones.

Enmarcada en el azulado cielo y el ardiente sol, la gente se mueve en densas oleadas que inundan los espacios; y, aunque los problemas prevalecen, el jolgorio cautiva y en el aire se respira un espíritu distinto, un sentimiento del tiempo de navidad.

Desde niño he sentido especial atracción por diciembre y en mi mente fluyen aún gratos y dulces recuerdos de tantas alegrías y momentos felices que me hacen desear que llegue este mes y su festivo ambiente. Es la fiesta más grande de nuestro pueblo y la más espontánea y auténtica que da expresión a los mejores sentimientos al culminar el año con todos los esfuerzos, alegrías y dolores.

Pero es también un espacio para la reflexión sobre tantas cosas que uno encuentra en su diario vivir como persona, ciudadano, trabajador o directivo.

Por eso hoy, en este tiempo de navidad, quisiera que fuera un deseo común encontrar en nuestra sociedad más sinceridad con transparencia y prudencia, mas no verdades a medias para denigrar o verdades para agredir a otros en beneficio personal.

Encontrar la justa prudencia que guíe las opiniones y acciones frente al desenfreno de voces ligeras y actos irresponsables.

Solidaridad en las causas nobles, de ideas y personas, sin temor al compromiso que demanda actuar en forma coherente; y como expresión de generosidad con quienes más requieren de ayuda tanto material como moral.

También lealtad, fidelidad y respeto a personas e ideas que lo merecen, así como a las instituciones en las que se estudia o trabaja, pues duele la forma en que algunos se refieren a ellas amparados en la hipocresía y el anonimato.

Agradecimiento a los que hacen algo por uno o por los demás, valor tan escaso que es más fácil destacar la ingratitud.

Hasta Jesús se lamentó de esto luego de curar a diez enfermos y que solo uno de ellos le agradeciera.

Y perseverancia, sin temor a las dificultades, para luchar con tesón hasta alcanzar las metas, en especial aquellas de largo plazo, sin dejarse tentar por el brillo de los éxitos pasajeros.

Este deseo demanda tener clara conciencia de no caer en la hipocresía, que se ampara detrás de la cobardía, de quienes no dan la cara por sus actos; ni en la ambición que enceguece el alma y la mente hasta el punto de pisotear a otros por lograr algún fin.

Ni tampoco en la calumnia y la difamación, hoy tan extendidas mediante el uso indebido de los medios informáticos, que padecen en forma cruel personas e instituciones.

Ni ser uno de esos jueces implacables de las opiniones y actos de los demás, a los que poco o nada les parece bien, encuentran defectos en todo y son incapaces de valorar el esfuerzo y el mérito de otros.

Es tiempo apropiado para reflexionar y cambiar, si es del caso, la actitud ante la vida, la familia, la organización donde se trabaja y la sociedad; de dar gracias por tener lo necesario; de reconocer los auténticos valores; de ser sincero, prudente, constructivo y respetuoso al opinar de los demás.

Es una forma de aportar un poco más a la construcción de un mejor sitio donde vivir y hacer digno el pertenecer a una sociedad. ¡Si solo en mis manos estuviera, sería mi regalo de Navidad!

Artículo publicado en El Colombiano, 14 de diciembre de 2009

3 de diciembre de 2009

María

María nació en Quibdó hace 33 años. Es muy callada, entonces algunos piensan que es muda. Cuando habla es difícil entenderle, por eso algunos piensan que es de otro país. Trabaja en mi casa y su principal responsabilidad es cuidar nuestros hijos mientras trabajamos.

Nuestra familia está compuesta por dos adultos y dos niños menores de 10 años. Los padres somos profesionales con posgrado y ejercemos nuestras carreras; nuestros hijos son alegres, sanos, inteligentes y estudian en el mejor colegio de la ciudad. En nuestra casa se vive sin lujos pero se disfruta un ambiente de cultura y de conocimiento, con acceso a las tecnologías de información y comunicación de última generación. Los cuatro somos nativos digitales.

María estudió primaria en Quibdó y comenzó secundaria en Medellín. Tuvo que abandonar sus estudios cuando nació Kelly, su hija mayor. Su esposo siguió su propio camino y ella se convirtió en cabeza de familia. Hace cinco años conoció a Juan Carlos, otro chocoano que trabaja en la construcción, con quien formó familia el año pasado. Hace dos años María y Juan Carlos tienen casa propia, la construyeron juntos gracias a un préstamo con COMFAMA y las cesantías de sus empleos. El lote lo compraron en Villatina, con acceso a servicios públicos. Lo mejor del sector es que queda cerca del resto de su familia chocoana. El sueño de Juan Carlos era tener hijos con María y se cumplió en marzo de este año cuando nació Michelle. Ahora la madre de María vive con ellos y cuida ambas niñas mientras sus padres trabajan. Kelly estudia en un colegio del Municipio de Medellín y no ha perdido ningún año.

Nosotros también vivimos en casa propia, gracias a un préstamo bancario, también disfrutamos los mismos servicios públicos de calidad y lo mejor del sector que escogimos es que queda cerca de nuestra extensa familia, de nuestros empleos y tiene fácil acceso al colegio de los niños.

María y nosotros estamos afiliados a la misma EPS y tenemos el mismo fondo de pensiones y de riesgos profesionales.

En noviembre del año pasado, a Juan Carlos lo apuñaleó un paisa durante una discusión y no puso denuncia alguna. María tenía seis meses de embarazo y lo cuidó en la clínica hasta que se recuperó. Hace tres meses se volvieron a encontrar agredido y agresor y cambiaron de papel… Juan Carlos apuñaleó al paisa. Ahora Juan Carlos espera su condena en la cárcel, mientras María se las arregla para seguir su vida, otra vez como cabeza de familia, pero ahora con dos hermosas niñas.

Es imposible trabajar con María sin sentir admiración por su fortaleza personal. Nunca ha perdido la calma, ni en las peores circunstancias. No se queja de su condición, inclusive se considera afortunada. Siempre sonríe, siempre está alegre. No habla mucho de los demás, pero cuando lo hace siempre es con elogios, nunca le hemos escuchado una crítica. Siempre está disponible para apoyar a quien la busca, siempre.

Cada día, al afrontar los problemas y dificultades propios de nuestros empleos, pensamos en María. El contrastar sus dificultades con las nuestras nos mejora la perspectiva. Cada noche, al orar con los niños, agradecemos a Dios por lo que nos ha dado y agradecemos también por tener el apoyo de María.

Al final de los días, cuando Dios haga su juicio, sé que María sacará mejores notas que nosotros, pues con tan poco logró tanto, porque jugó con casta, porque siempre fue superior a sus circunstancias, porque sin decir una palabra, con su ejemplo, nos transformó.

Sin duda María es la mejor maestra de vida que he tenido.