23 de julio de 2009

ESCRIBIR SIN PROBLEMAS

Aprovechamos este espacio en el blog para unas consideraciones simples sobre la correcta escritura.

Escribir bien es una aspiración de todos, en todas las lenguas y en todas las épocas. Nadie se ufana de escribir mal. La correcta escritura u ortografía existe en todos los idiomas. La ortografía no se ha jubilado, ni lo hará; es una convención que durante más de mil años nos ha acompañado y orientado a los hispanohablantes.

Sacudámonos del mito de que escribir es difícil. Escribir bien no es un privilegio de unos cuantos literatos excepcionales. Usando un lenguaje sencillo, sin frases complejas ni malabarismos idiomáticos, tenemos menos riesgo de errar. Es preferible la palabra simple a la complicada, porque es más entendible por el lector o por el interlocutor; es mejor la frase corta y directa que la frase compleja; los párrafos lineales, sin rodeos, de itinerario definido, son preferibles a la hojarasca. Las palabras complicadas, como las joyas finas, deben reservarse para ocasiones especiales. Lluvia es una palabra usual, la que a todos nos ha mojado; precipitación es vocablo del ámbito técnico, de la hidrología.

La construcción gramatical complicada debe dejarse a los expertos en el idioma, aunque ellos no suelan hacer alarde de ello, entre otras cosas porque se alejarían de sus lectores, que ante un lenguaje oscuro o alambicado desertan. La lectura es una actividad amena, no una tortura. Es un paseo, no el escape de un laberinto. El buen escrito, dotado de la cualidad de la concisión, puede retener al lector hasta el punto final. Si no se requiere un adjetivo, perfecto; si un adjetivo basta, el segundo es superfluo.

El idioma tiene autoridades, que no son quienes están a nuestro lado. Están lejos, pero accesibles por la red mundial. Todos podemos consultar, sin costo, el Diccionario de la Real Academia Española (www.rae.es), para ver el significado de un término; el ejercicio de predecir el significado es, como el crucigrama o el sudoku, un antídoto contra el Alzheimer. Ahí también está el Diccionario Panhispánico de Dudas; la consulta es expedita y no se necesitan intermediarios, lo mismo que sugieren las oficinas públicas.

Palabras sencillas y de significado preciso, el del diccionario, no el que pensamos a priori que puede tener. Así inminente no significa importante, sino que está a punto de suceder; eminente sí es importante.

Debemos usar con más frecuencia el punto. Para fraccionar las oraciones gigantescas, tortuosas, aquellas que usan paradójicamente los que tienen menos destreza en el uso del idioma. Frases cortas con palabras sencillas es la fórmula ganadora; la redacción tortuosa es menos comprensible, es el camino de la confusión. Al terminar un escrito es sano releerlo para simplificarlo, reducirlo, recortarlo, para expresar lo mismo con economía de palabras.

Escribamos en forma natural, mejorando algo la expresión oral, que suele ser correcta. Algunos “por hacer bonito, hacen feo” escribiendo de manera artificiosa, por ejemplo, abusando de la voz pasiva, escasa en español y abundante en inglés.

Una recomendación provechosa para mejorar el estilo es leer, de preferencia, escritores clásicos, de vigencia permanente, en especial los de nuestra lengua, sin que sus escritos hayan pasado por la devaluación de la traducción. Otra es escribir, sin complejos, llevando al papel o a la pantalla un mensaje, una idea. Primero organizar las ideas, después escribir. Saber qué queremos transmitir. Si no tenemos nada para decir, tampoco lograremos escribir algo decoroso. De verdad que escribir bien está al alcance de todos y por ello mismo es deber de todos.

17 de julio de 2009

CIUDADES DIGITALES

Medellín ha quedado entre las 25 ciudades digitales de Latinoamérica, en el ranking Motorola de ciudades digitales, que es un estudio desarrollado por Convergencia Research y cuyo objetivo es conocer cuántas ciudades han iniciado el proceso hacia la digitalización, el nivel de desarrollo alcanzado y el nivel de interacción entre el Estado, la empresa y la sociedad.

Del estudio solo se ha realizado la etapa 1 que mide los avances en digitalización de las administraciones públicas. Está pendiente la etapa 2, que se encargará de medir la interacción e integración de los actores, el Estado, las empresas y las personas y que arrojará al final las 20 ciudades más digitales de América Latina[1].

Como ciudad, Medellín también ha participado en el Premio Iberoamericano de Ciudades Digitales, creado en el año 2004 por la Red Iberoamericana de Ciudades Digitales para impulsar proyectos de desarrollo, modernización e integración ciudadana a través de la implantación de las Tecnologías de la Información y Comunicación; y si bien es cierto que en cada una de sus versiones diferentes ciudades de Colombia han sido premiadas en al menos una de las categorías, Medellín ha obtenido reconocimiento por dos años consecutivos. En el año 2008, en la versión V del Premio Iberoamericano de Ciudades Digitales, le fue otorgado el premio a la mejor práctica en la categoría de e-inclusión[2]. Este año, en la última versión del Premio, ocupó el segundo lugar en la categoría ciudad metropolitana[3].

El gobierno de Medellín está realizando bien el trabajo hacia la digitalización, enmarcado en el Plan Nacional de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, en el eje de Gobierno en línea y cuyo objetivo es contribuir en la construcción de un Estado más eficiente, más transparente y participativo y que preste mejores servicios a los ciudadanos y a las empresas a través de las TIC.

Como ciudadanos responsables debemos poner nuestro grano de arena y aportar en cada rol que representamos: primero, como individuos que pertenecemos a una sociedad debemos formarnos en el uso y apropiación de las TIC; segundo, como personas que hacemos parte de una organización o empresa debemos usar las TIC para mejorar la competitividad, tercero y el que considero más importante es el que desempeñamos por pertenecer a una institución de educación superior donde nuestra responsabilidad no es solo formar a los estudiantes en las dos anteriores sino aportar al desarrollo del Plan Nacional de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, en el eje de Educación y cuyo objetivo es consolidar a las TIC como plataforma para mejorar la cobertura y la calidad de los servicios educativos, fortalecer la fuerza laboral en el uso de las TIC y promover la generación de contenidos educativos.
Como reflexión final se presenta la Visión del Plan Nacional TIC para que cada uno evalúe si ya está haciendo algo al respecto:
“En el año 2019 todos los colombianos deben estar informados y conectados haciendo uso eficiente de las TIC para mejorar la inclusión social y la competitividad”.

10 de julio de 2009

INGENIEROS PARA EL DESARROLLO DEL PAÍS

En una era llamada por muchos “del conocimiento” o “del aprendizaje continuo”, sujeta a cambios permanentes y a altas exigencias de competitividad, se requiere un ingeniero centrado en esta realidad y con una formación especial para desarrollar, a lo largo de la vida, competencias personales y profesionales.

Partamos de un par de definiciones de Ingeniería y analicemos el potencial del ingeniero para impulsar el desarrollo de un país:
· “Se entiende por Ingeniería toda aplicación de las ciencias físicas, químicas y matemáticas, de la técnica industrial y, en general, del ingenio humano, a la utilización e invención sobre la materia”. – Ley 842 de 2003 – Ley que reglamenta el ejercicio de la Ingeniería en Colombia.
· “Ingeniería, profesión creativa para el desarrollo y aplicación del conocimiento científico y tecnológico para satisfacer las necesidades de la sociedad” –Universidad MIT- USA.

Estas definiciones conectan la ingeniería con el ingenio humano, con algunas ciencias y tecnologías y con la práctica. Consideramos que falta un elemento importante, se trata del aporte de las ciencias sociales para lograr la meta de “Orientar la tecnología al servicio del hombre”, por lo cual en la EIA trabajamos con la siguiente definición:

Ingeniería es la profesión en la cual el conocimiento de las ciencias exactas, naturales y sociales, y de la tecnología, se aplica a la creación de soluciones para transformar la naturaleza y las organizaciones en beneficio del hombre.

¿Cuál es el potencial de este ingeniero para impulsar el desarrollo del país? La UNESCO dice “El desarrollo económico de cualquier país depende, en última instancia, del esfuerzo humano. Se requieren seres humanos capacitados para descubrir y explotar los recursos naturales, movilizar el capital, desarrollar la tecnología, producir bienes y distribuirlos entre la población para que la nación toda tenga y disfrute de bienestar. El personal técnico y científico ha contribuido de una manera significativa a estas obras de desarrollo social”. Sin duda es claro el potencial, más aún la responsabilidad, que tiene el ingeniero para impulsar el desarrollo.

La era “del aprendizaje continuo”, en un mundo interconectado y multicultural, requiere un ingeniero integral, en el “ser”, como persona y como ciudadano, con visión de mundo, valores, y liderazgo; en el “saber”, para aprender a pensar y para aprender a aprender, con la visión global que le permita analizar y gestionar información y considerar los distintos factores y la incertidumbre que intervienen en los problemas complejos, que lo motive al trabajo interdisciplinario y sistémico; y en el “hacer”, versátil y competitivo, con una clara vocación de servicio, hacer para “servir”.

La formación de calidad para ingenieros no puede estar orientada a la erudición, con base en la memoria, sino al desarrollo de competencias. Estudios de la UNESCO con universitarios señalan que del conocimiento que un estudiante memoriza, el 50 % se olvida al cabo de un año, y el 80 % al cabo de dos.

Se entienden las competencias como el sistema de conocimientos, habilidades, actitudes y valores en perfeccionamiento continuo por medio del estudio y la práctica. Las competencias personales, objetivos de formación personal, son aquellos rasgos de personalidad como el liderazgo, el trabajo en equipo, la comunicación efectiva, la creatividad, la visión global y sistémica (ver otras sugerencias en los criterios ABET para ingenierías), que se desarrollan desde la niñez y que la universidad, y luego la empresa, impulsan y muchas veces definen como competencias institucionales. Las competencias profesionales se relacionan con las áreas de actuación de cada profesión y se expresan en los objetivos de formación profesional del sistema curricular: modelo del profesional, disciplinas curriculares y asignaturas. En cada área se define qué debe planear, analizar, diseñar, optimizar, construir, evaluar, reciclar o, en resumen, en qué debe ser competente profesionalmente el ingeniero de acuerdo con su especialidad.

Una persona aprende a aprender cuando reflexiona sobre como aprendió y se apropia de la lógica y del método de los saberes involucrados. Para el caso de la ingeniería se deben entonces trabajar la lógica y el método de las ciencias señaladas y de las tecnologías que aportan a su ejercicio profesional. Se han realizado estudios, como El Método de Ingeniería (Billy Vaughn Koen, ACOFI, 1985) para definir un método básico del ingeniero; pienso que debe considerarse que es una combinación de métodos que aportan a la creatividad e ingenio de este profesional, parte científico y parte innovador, a partir de la experimentación y la modelación con sentido práctico.

Considero que aumentará el impacto de los ingenieros en el desarrollo del país si logramos, además, mayor participación en los procesos de análisis y toma de decisiones de los grandes asuntos nacionales. En este sentido aporta una formación socio humanística que incluya una formación básica en política.

¿Qué más debemos hacer?

3 de julio de 2009

EL PROFESOR UNIVERSITARIO Y SUS RETOS EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

La transformación del sistema educativo promovido por la UNESCO desde 1996, como un factor esencial y clave para el desarrollo social, demanda de una universidad nueva, con procesos académicos renovados, donde es imprescindible que la enseñanza se transforme en aprendizaje y el aprendizaje en enseñanzas para la vida y donde el maestro, orientador de proyectos de vida, desarrolle con pasión y responsabilidad su función formadora y transformadora de hombres y mujeres, comprometidos y capacitados para aportar soluciones creativas a los problemas de su profesión. En este sentido, la universidad se construye y se reconstruye con la actividad de sus maestros en un ambiente de libertades académicas bien entendidas, en la medida en que sus potencialidades e intereses personales y profesionales están alineados con los objetivos institucionales, en una unidad donde el maestro integra “el saber y el ser” en su labor educativa y en su práctica investigativa para ponerlas al “servicio” de la sociedad.

Sin excepción, se precisa de un maestro consciente de la necesidad de superar la obsolescencia de su saber disciplinar y, por consiguiente, dispuesto para ponerse a tono con los avances científicos y tecnológicos de su profesión, abierto a los nuevos conocimientos, tecnologías y metodologías; un maestro que reflexiona sobre la propia forma de razonar en la disciplina y, en este sentido, analiza su naturaleza, domina su lógica y pone su saber y experiencia al servicio de la producción y de la creación de conocimiento, aportando en forma significativa al desarrollo de su profesión y a la formación de sus estudiantes.

El maestro de hoy, consciente de la necesidad de renovar su actividad educativa, deberá romper con el paradigma tradicional: “si quieres saber, aprende lo que yo sé” y aceptar el exigente y complejo desafío que sitúa el aprendizaje en el centro de su labor: “si queremos aprender, debemos reflexionar, analizar y construir juntos el conocimiento”. Es en este ámbito donde se precisa de un maestro provocador, retador del talento de sus estudiantes; un maestro innovador, que haga de su práctica formativa un proceso de reflexión y aprendizaje permanente; un maestro orientador, que conduce a sus estudiantes hacia una mayor comprensión de las ciencias y de los saberes en procura del desarrollo del pensamiento objetivo, analítico y crítico de sus estudiantes, todo en un ambiente de reconocimiento y de valoración de los objetivos de aprendizaje alcanzados. Se hace imprescindible que el maestro posea una buena comprensión de cómo aprende el ser humano, lo que le permite dar sentido al conocimiento para producir una influencia duradera en el pensamiento, la actuación y los sentimientos de sus alumnos.

En la perspectiva de la educación en la era digital, el reto del maestro es aún mayor, en la medida que el internet pone a disposición de los estudiantes una información mucho más amplia y profunda de la que dispone el profesor. Razón por la cual la tarea del maestro efectivo se transforma en el arte de enseñar a buscar, a seleccionar con sentido crítico, a juzgar con responsabilidad, a adoptar posturas argumentadas y a respetar los derechos de autor. En este escenario educativo deberá prevalecer el diálogo constante, la confrontación de opiniones, la toma de conciencia sobre lo aprendido y cómo fue aprendido; pero, sobre todo, la formación de actitudes y valores.

Las tecnologías de la información y la comunicación introducidas en el contexto educativo demandan nuevas prácticas de enseñanza, donde la relación profesor-alumno adquiere una nueva dimensión que privilegia el desarrollo de una mayor autonomía intelectual del estudiante, orientada por la acción tutelar del maestro. En este contexto, el profesor guía con rigor el aprendizaje de la disciplina o el saber que enseña y lo articula de manera armónica con los intereses y expectativas de sus alumnos para lograr un alto de grado de significancia didáctica. Es así como la enseñanza del maestro del futuro deberá ser flexible, pero estructurada, donde la dinámica de la comunicación y la interacción permitan el desarrollo integral de las competencias personales y profesionales de los estudiantes, una enseñanza, según Nietzsche, dirigida a propiciar la infidelidad de los alumnos, ya que posibilita el pensar por sí mismos. Se precisa, entonces, de un maestro conocedor de su contexto y de los retos de la sociedad del conocimiento, con una gran comprensión del sentido y significado de las tecnologías para utilizarlas como facilitadoras del aprendizaje, un maestro capacitado para diseñar y gestionar ambientes virtuales y presenciales de aprendizaje mediados por la tecnología, donde demuestre de manera efectiva su rol de organizador y planificador de actividades de aprendizaje, tanto individuales como colaborativas y con un alto sentido de la importancia de generar un ambiente de encuentro, de diálogo y de participación con una buena dosis de calidez.

A modo de conclusión, les comparto la reflexión de Juan Ignacio Pozo en su libro Aprendices y Maestros: “Un buen aprendizaje requiere un buen maestro que, como el propio aprendizaje, debe asumir diferentes funciones para lograr distintas tareas, rompiendo la monotonía didáctica, que no sólo corroe las ganas de aprender de quienes se ven sometidos a ella, sino también las ganas de enseñar de quienes viven su labor de modo rutinario. Enseñar en la nueva cultura del aprendizaje requiere desarrollar diversos personajes no como máscaras sucesivas, sino integrados en un planteamiento estratégico de la enseñanza”.